HISTORIAS EN UNA BOTELLA …de Fenicia a Eibar

Fenicia, Cartago, Roma, Venecia, puntos de encuentro para llegar a la Inglaterra de Sir Kenelm Digby o Samuel Henshall, o al Eibar de David Olañeta, a quienes debemos en parte el placer de disfrutar hoy en día de una buena botella de vino.
Fenicios y cartagineses son con toda probabilidad quienes introdujeron la viticultura en España, pero los escritos de diversos eruditos romanos de la época, nos muestran el papel fundamental del vino en la cultura romana, sus técnicas de producción, así como su expansión en las tierras del Imperio.
La historia atribuye a la antigua Roma la difusión y democratización del vino entre todos los estratos sociales. Su expansión territorial conllevó sin duda alguna el desarrollo de la cultura vinícola y su producción a lo largo y ancho de sus territorios, como también las primarias formas de almacenarlo o distribuirlo.
Toneles, ánforas, pieles o linos encerados, serían los primeros envases de los tradicionales dulces vinos romanos, siendo ya por aquel entonces sellados con apropiados corcho en sus bocas.
No sería hasta el Siglo XIII cuando en Venecia se inicia a tratar el vidrio con la conocida técnica del soplado. Un material que daría paso a una verdadera revolución para la época, la botella de vidrio, que sería de inmediato aprovechada para embotellar los preciados caldos.
Unas botellas que por la técnica utilizada para su realización, serían en sus inicios más esféricas en su base que en la actualidad.

La actual botella de vino
Habría que esperar cinco siglos para desarrollarse la actual botella alargada, un invento que se le atribuye al diplomático, filósofo, astrólogo y naturalista inglés, Sir Kenelm Digby.
Entre sus muchas facetas, Digby es posiblemente el primer ‘foodie’ de la historia gracias al libro “The Closet of the Eminently Learned Sir Kenelme Digbie Kt. Opened” publicado a su muerte por un sirviente, gracias a las notas y recetas escritas por el polifacético cortesano.
Entre sus diversas ocupaciones, Digby era propietario de una fábrica de vidrio en los años 30 del Siglo XVII, en ella fabricaba botellas diversas con una técnica particular debido a la inclusión del túnel de viento. Técnica que le llevaría a producir botellas más resistentes, estables y con tonalidades verdes y marrones, traslúcidas, que protegían su contenido de la luz.
De aquella fábrica inglesa nacerían las primeras botellas de “cuello alto” relegando las anteriores de forma globular.

El sacacorchos
Una nueva botella y un nuevo reto, la dificultad para extraer el corcho de las nuevas botellas.
Nadie puede asegurar como nació realmente el primer sacacorchos, también denominado descorchador, aunque la hipótesis más generalizada se atribuye a la similitud con el tornillo que se utilizaba en las baquetas para limpiar el interior del cañón de las armas de fuego. De lo que sí existe constancia, es que sería el inglés Samuel Henshall, quien poseería la primera patente sobre el citado artilugio en 1795.
El sacacorchos iría evolucionando con los años, y hoy en día podríamos decir que uno de los más utilizados es el conocido como ‘Búho’ llamado así por su similitud al aspecto del citado rapaz, con sus remaches, dos palancas y engranajes, nacido del buen hacer del industrial vasco David Olañeta en su fábrica de Eibar en 1932.